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Mostrando postagens de outubro, 2020

¡El fuego de la Fe! (Microcuento en español y portugués)

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En la mesa del comedor de la pequeña casa de la abuelita, había pan caliente, jamonada, mantequilla y café con leche. Mi mamá, sentada en la cabecera con un aire matriarcal, nos observaba mientras todos nos lanzábamos encima de la mesa para alimentarnos con ese lonche vespertino porque no sabíamos a qué hora iríamos a cenar.   Era una tarde de octubre y la visita a la abuelita había sido programada como antesala de la actividad principal, que ese día, sería ir a la tradicional procesión del Señor de los Milagros. Ir a la “procesión” era un “paseo” familiar que hacíamos todos los años, para pedir por un montón de cosas, de las cuales, yo no tenía mucha conciencia en esa época y para agradecer por otras. Mi papá llegaba a la casa de su suegra al caer la tarde, donde dejaba el carro estacionado en la calle de ese céntrico barrio, para poder ir todos juntos a pie, hasta la procesión. La distribución del cuidado de los hijos era siempre la misma, mi papá cogía mi mano colocando en el otro b

Sus interminables oraciones... (Microcuento en español y portugués)

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Queridos amigos, a partir de hoy, eventualmente les voy a compartir en formato de microcuento, algunos recuerdos de mi infancia que a pesar de que tendrán un leve sabor de nostalgia, también revivirán la alegría de los buenos momentos vividos junto a personan inolvidables...   Lo que ustedes leerán de ahora en adelante, en el cuadro “Recuerdo aquella vez…”, serán los ecos de mi memoria… “Estaba sentada en el banco de una Iglesia, casi vacía, haciendo unos golpecitos con los dedos en el asiento demostrando mi impaciencia.  Mi hermano mayor echado en otro banco miraba el techo sin decir nada.  Los dos estábamos impacientes porque la misa ya había terminado y mi papá se había puesto a rezar a los pies de una imagen de la Virgen sus interminables oraciones. Siempre pasaba lo mismo, mi mamá, ya acostumbrada, se dirigía a la puerta de la Iglesia con mis hermanos menores para comprarles unos caramelos y tranquilizarlos.  Después de unos minutos, en esa situación, el sacristán comenzaba a apag